POPULISMO PUNITIVO

populismo punitivo

POPULISMO PUNITIVO

POPULISMO PUNITIVO

En mis inicios de acercamiento con el Derecho Penal, como empleado en los juzgados de instrucción criminal, el Código Penal era entonces el Decreto Ley 100 de 1980.  Un texto coherente, sencillo, con pocos vacíos interpretativos, pero no resultaba difícil, para aplicar la interpretación hermenéutica de la intención del legislador, ya que esa norma salió del magín de una pléyade de juristas reconocidos, como Federico Estrada Vélez, por mencionar un antioqueño.

Era entonces la forma de hacer los códigos, porque se solía por parte del legislativo conferir facultades al Ejecutivo para expedirlos, y el Gobierno Nacional conformaba una comisión redactora que por largas jornadas se dedicaba a las discusiones correspondientes, dejando consignada las mismas en actas o anales, que servían de norte interpretativo, que no daban lugar a equívocos de la intención de ese sanedrín.,

Pero, a partir de la Constitución Política de 1991, dentro de las facultades privativas del Legislativo está la expedición de los códigos, quedando expresamente prohibido autorizar al Ejecutivo con tal finalidad, y es cuando entonces empezó una improvisación legislativa, en especial en el área penal donde debería existir una política criminal coherente, de largo plazo, tal como la política cambiaria o macroeconómica.  Pero no, la política criminal en Colombia no existe, y se van creando tipos penales y aumentando penas al calor de los acontecimientos coyunturales.

Y entonces ante la indignación de la comunidad, aupada por los medios de comunicación, hacen que el legislador, ante la iniciativa del Ejecutivo, promulgue una cantidad incontenible de normas penales, una cascada, qué casada, una catara de normas, sin coherencia interna, sin concatenarse con el universo normativo penal, aislada, y a veces en fatal contravía con la concepción del derecho penal general.  Y entonces el atroz crimen de Rosa Elvira Cely, el atentado aleve con ácido contra Natalia Ponce de León, y muchos otros eventos, han dado a que se promuevan diferentes leyes creando o modificando tipos penales.  Esperemos que el estremecedor suicidio de una madre con su pequeño hijo, arrojándose al vacío desde un puente, no lleve a que nuestro sabio legislador eleve a delito el suicidio y tengamos que hacer el juicio con ayuda de la tabla ouija.

Si hacemos una comparación del anterior Código Penal, Decreto Ley 100 de 1980, con el actual, ley 599 de 2000, iniciativa del en su momento Fiscal General de la Nación, Alfonso Gómez Méndez, con las mil y tantas reformas y adiciones, veremos que las penas actuales son desproporcionadas, han venido en un crecimiento aritmético.

Y hemos afirmado que no existe una verdadera política criminal, que si acaso unos políticos que se han vuelto criminales esquilmado el erario, o unos criminales que han querido incursionar en política, y si no, recordemos el triste caso de Pablo Escobar, precisamente por esa falta de coherencia.  Tipos penales que no tienen razón de ser aún en un Código Penal, que debieran ser contravenciones policivas, para dejar de congestionar el aparato judicial, donde el sistema de tendencia acusatoria ha colapsado, donde en la práctica son escasos los proceso que tienen un avance positivo, diferentes a los originados en capturas en flagrancia.

Pretender atacar el fenómeno criminal tan solo con la eficacia simbólica de la pena, con aumentos punitivos sin un aparato investigativo eficiente, es algo así como, utilizando un símil un poco más elegante que el de un ilustre Diputado, aromatizar el detrito alimenticio.

Es que el ciudadano de bien, el común de los mortales, no se arredra por el temor a la norma, sino por la certeza de sufrirla.  Muchos al visitar un restaurante donde le ponen unos bonitos cubiertos, o un curioso adorno en la mesa, sufre la tentación de embolsillárselo, pero se abstiene por no pasar la vergüenza de ser descubierto. Y eso le pasa con respecto al delito.  Con mayor razón, el delincuente avezado no teme a la pena, sino a la certeza de sufrirla.  Es que el delincuente juega o apuesta a la impunidad, es decir, a que es escasa la posibilidad de ser descubierto, porque cuando un delincuente es capturado, rara vez lo es en su primera delincuencia.  Cuántos hurtar cometerá un “fletero”, antes de ser capturado, o un “sicario” cuántas víctimas tendrá a cuestas, antes de ser aprehendido en flagrancia en forma fortuita, porque es casi imposible que lo sea por una juiciosa investigación.

Definitivamente, la lucha contra la delincuencia no puede tener instrumento diferente a un aparato investigativo fuerte, con “sabuesos” capacitados, con tecnología de punta, y no desde un escritorio, sino con actividad de campo, complementada con el apoyo del laboratorio de criminalística.  No una miríada de fiscales sin investigadores.  Dejemos de lado ese populismo punitivo, y enfoquémonos en la verdadera solución, instrumental y no meramente simbólica.

Dr. HERNÁN E. YASSÍN M.

1Comentario
  • German Sánchez
    Publicado en 11:50h, 15 febrero Responder

    Definitivamente hay que entregarles la creación de temas tan técnicos a personas con la idoneidad suficiente, de lo contrario vamos a seguir en un a constante convulsión de leyes.

    Excelente artículo

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